jueves, 3 de junio de 2010

ORDENADORES DE TELA Y CARTÓN

En el poblado de Kancabchen, el maestro Julián se propuso enseñar a sus niños con una ‘‘tecnología’’ diferente

Un cuadro viejo, una caja de zapatos, trozos de cartulina y la creatividad del maestro Julián ayudaron a que en la zona maya de Yucatán, en un “salón” de cuatro paredes levantadas con palos y tablas y que tiene como techo palmas de guano, surgiera un nuevo modelo de “computadora” con la que Daniel, Adolfo, Miguel, Luis y Antón aprendieron a escribir sus nombres y leer sus primeros cuentos.

En el poblado de Kancabchen, una zona de milperos, albañiles y campesinos que trabajan en el verdón (la siembra de la sandía), el maestro Julián se propuso enseñar a sus niños con una “tecnología” diferente.

El maestro Julián Tzakuma May (36 años) supuso que en las empresas, el ayuntamiento, escuelas o universidades podrían donarle alguna computadora obsoleta.
Por días caminó con la misma frase: “Aunque no prenda, les decía, lo que quiero es que los niños sepan qué es”.

“Me la pasé mendigando las computadoras que yo veía arrumbadas, polvorientas, pero todos respondía que ‘no’, porque estaban inventariadas”.

Lo que quería era “que la desventaja de mis niños no fuera mayor frente a la de otros niños de la ciudad”, relata este hombre que al hablar su origen yucateco y su pasado maya salpican sus palabras.

Una tarde mientras Julián platicaba a su compadre la frustración que sentía y surgió la idea de crear unas computadoras virtuales. A un cuadro viejo al que le arrebataron la imagen de un paisaje yucateco le colocaron un pedazo de fieltro verde en el centro. Puesto sobre una base de madera quedó terminada la primera versión de la pantalla.

Lo complicado fue replicar un teclado. Fueron horas de labrar en un trozo rectangular de unicel y luego involucrar a los niños para que en trozos de un centímetro de cartulina, denominados por el maestro como “PCgráfos”, iluminaran cada una de las letras, números y signos, incluidos espacios en blanco y trozos que simularían la ejecución de un enter.

Pero no sólo fue la construcción física, sino que Julián creó una serie de reglas para usar esa computadora como el que el maestro tenga que dejar de escribir en su pizarrón cuando el niño se equivoca. Luego reunió a todos los padres de familia para pedirles que construyeran una “computadora” semejante a cada niño.

En menos de un mes los 25 alumnos tenían su “computadora personal portátil”.

El maestro Julián es uno de esos miles de maestros en el país que tienen necesidad de trabajar en dos entidades diferentes. Aunque el profesor cubre dos plazas sólo es titular en una de ellas.

“Para mí y mis niños fue un aula de sueños. Tenían que haber visto esas caritas de felicidad”
Julián Tzakuma May

Maestros de la escuela Ramón González Jiménez


© Fini Calviño