lunes, 19 de enero de 2015

Queda de brujas

En la plaza del mercado amontonan ramas secas.
Un matorral de sombras no es un buen abrigo. Habito
mi propia imagen de cera, el cuerpo de una muñeca.
El malestar comienza aquí: soy blanco de las brujas.
Sólo el diablo puede con el diablo.
En el mes de las hojas rojas, me subo a un lecho de fuego.


Es fácil culpar a la oscuridad: la boca de una puerta,
el vientre de la bodega. Han apagado mi bengala.
Una dama vestida de negro me tiene encerrada en una
jaula de loro.
¡ Qué ojos tan enormes tienen los muertos !
Intimo con un espíritu peludo.
El humo da vueltas desde el pico de este frasco vacío.


Si soy pequeña, no puedo hacer daño.
Si no me muevo, no tiraré nada. Es lo que dije,
sentada bajo la tapa de un bote, diminuta e inerte como
un grano de arroz.
Están encendiendo los quemadores, aro tras aro.
Estamos llenos de almidón, mis pequeños amigos
blancos. Crecemos.
Al principio duele. Las lenguas rojas dirán la verdad.


Madre de escarabajos, suelta la mano:
volaré por la boca del cirio como polilla que no se quema.
Devuélveme la forma. Estoy dispuesta a interpretar los
días que copulé con el polvo a la sombra de una piedra.
Mis tobillos se iluminan. Asciende la luz por mis muslos.
Envuelta en toda esta luz, estoy perdida, perdida.

Poema de Sylvia Plath

© Fini Calviño