martes, 26 de febrero de 2013

Prohibido enfermar


En la letra pequeña de la crisis se ha incluido una cláusula nueva contra todos aquellos “privilegiados” que todavía conservan su puesto de trabajo: queda prohibido terminantemente enfermar. El mismo Gobierno que nos pide que no generalicemos en los casos de corrupción, generaliza respecto al absentismo de los trabajadores y pasa a considerarnos masivamente a todos, y especialmente a la función pública, unos seres abusones que mienten sobre su estado de salud y que engañan a la Administración. 

Según la nueva normativa, durante los tres primeros días de la baja laboral de cualquier funcionario, se le descontará el 50% de su salario y después hablamos. Incluso, con un sentido del humor un tanto siniestro se nos explica que están exentos de estos descuentos las enfermedades profesionales que se adjuntan en una lista y, que en el caso de los docentes y de otros muchos funcionarios, son…¡ninguna! Alguien debió pensar que era un chiste gracioso. 

En la localidad sevillana de Camas han instalado en la sala de profesores una camilla y un centro de recuperación para que los profesores enfermos puedan estar en el centro y no tengan que solicitar la baja médica. Con un gran sentido del humor, el portavoz del profesorado explica que se desplazan a su domicilio para recoger al enfermo y que le prodigan cuidados en el centro para que no pierda el salario de esos días. 

Pero la broma tiene un lado macabro y supone otra humillación más a la función pública a la que tanto parece odiar este Gobierno. La excusa para estas medidas es contener el absentismo laboral en el sector público, pero la realidad es simplemente un recorte atroz de la sanidad pública, un impulso depredador de los salarios y un himno a la injusticia que pagarán no los absentistas, sino los buenos funcionarios que no faltan más que cuando no pueden con su alma. 

Todos conocemos los nombres y apellidos de los absentistas habituales en nuestros centros de trabajo quienes, por cierto, no reciben la más mínima amonestación por la inspección laboral y son consumados maestros en el arte de justificar sus ausencias. Su tabla de asistencias es un colador visible a gran distancia. Hubiera sido realmente fácil controlar este absentismo descarado pero, ay, se me olvidaba que no se trata de eso, sino de evitar el uso de la sanidad, desprestigiar la función pública y confiscar tres días de paga. 

Por eso últimamente podemos ver profesores con gripe impartiendo clase y microbios a partes iguales; bomberos que resisten un esguince a duras penas; médicos que operan con una fuerte cefalea; administrativos que resuelven complicados expedientes en medio de una crisis lumbar. Ya sé que en el sector privado las cosas no transcurren de una forma distinta. El terror a ser despedido es el desincentivador más potente para faltar por enfermedad. Todos saben que cualquier baja laboral, por muy justificada que esté, será una prueba en contra para cualquier renovación de contrato. 

La Administración exhibe con orgullo el descenso del absentismo laboral, pero empieza a ocultar con celo el estado sanitario de la población. Una sociedad que prohíbe estar enfermos a sus trabajadores, soportará a medio plazo un costo sanitario y social duplicado, nos advierten los especialistas en salud pública. 

Las enfermedades se harán más persistentes, de más difícil y costosa curación; la detección temprana de enfermedades descenderá de forma vertiginosa; la automedicación se disparará y nuestro índice de mortalidad subirá sin que nadie nos explique los motivos. 

La Administración presiona a los profesionales para que la estancia hospitalaria sea lo más corta posible y se dan altas precipitadamente con tal de ahorrar unos euros. La información sobre las listas empieza a estar más maquillada que una actriz de opereta, mientras nuestros gerifaltes sustituyen el derecho a la salud y la calidad del servicio sanitario por “la rentabilidad” en cuyo altar alzan este gigantesco ERE contra los enfermos y esta enésima patada en el culo de la función pública. 

                                                                                                                                                      El País

viernes, 15 de febrero de 2013

No te quiere



No te quiere. Y punto.
Por eso no te llama.
Por eso no te dice que te quiere.
Por eso está con otra persona.
Por eso no te da la importancia que tú sí.

Las chicas, especialmente las chicas, nos engañamos (y retroalimentamos engaños a nuestras amigas) con estos mensajes, llevando a veces a las situaciones al absurdo. Porque hay veces que no, que no puede ser, que las cosas no funcionan. Y seguimos ahí, dale que dale, intenta que te intenta, comprendiendo qué le pasará, esperando que cambie, cambiando nuestra forma de actuar, idealizando sus pequeños actos para no ver los grandes desengaños, mirando por la ventana esperando un milagro... A las chicas nos han presionado siempre con que si no eres capaz de conseguir una historia de amor, tiene que ser porque vales menos, porque no te esfuerzas lo suficiente, o eres una insoportable, o una bruja, o una fea-asquerosa-y-zarrapastrosa, o que tienes un carácter que no hay quién te aguante, y por eso estás sola, claro. Sola. Repito. Porque parece que lo peor del mundo mundial es eso, estar sola.

¡Si eres guapa! ¿cómo es que no tienes pareja? Le preguntaron a una conocida hace poco. Y ella contestó muy listamente (oye) ¿Se te ha ocurrido pensar que porque no quiero tenerla?.
No.
Normalmente la gente no entiende que puedes no querer tener pareja.
No entiende que te salgas del camino escrito.
No entiende que rompas una relación que desde fuera parecía ideal (pero a ti te estaba machacando y encima tienes que escuchar que por qué no volvéis).

No. No entra dentro de las opciones posibles.
Ya habíamos dicho: enamorarse (paso 1) casarse (paso 2) comer perdices (paso 3).
Todo lo que se salga de ahí a algun@s no les cuadra.

Hay que tener mucha paciencia para aguantar las metete-opiniones. Pero... también podemos dejar de hacerlas caso, e igual podemos dejar de idealizar y de ver cosas donde no las hay.

Quien no te quiere, no te quiere. No está obligado ni obligada, no todo el mundo te va a querer, no tienes que agradar siempre a los demás y hacer lo que se supone que está escrito o hacen tus amigos/as, no tienes ni por qué tener pareja. Fíjate, igual aceptas que no te quiere, y ni siquiera te mueres por ello. Igual hasta puedes vivir sin que se acabe el mundo por ello. Igual hasta puedes disfrutar de otros amores y cariños, sin que te mueras por ello... Amores que nos dan las amistades, la familia, las compañías diversas que nos da la vida. ¿O es que sólo es importante una persona en todo el mundo?

Es hora de desmontar la idea de que no tener pareja significa estar solo o sola. De que es una mierda no tenerla y hay que hacer lo que haga falta por conseguirla. De dejar de creer que hace falta ir en pack de 2x1 a todos lados y si te separas, malo. De que hay que hacer "lo que te toca" según la edad que tengas.

Soledad significa no tener compañía, ninguna. No he encontrado ningún diccionario donde ponga "no tener pareja". Así que dejemos de decir "estoy sola/o" cuando hablamos con alguien. Ese alguien ya es compañía y seguro que tenemos alguna más. A ver si nos atrevemos a darnos cuenta de dónde está. 

Es hora de poder ser libres y elegir sin aguantar los comentarios de los demás que te dicen lo que hacer. Es hora de dejar de sentir que el día de San Valentín tienes que hacer algo especial si tienes pareja, o de dejar de sentirte solo o sola porque no la tienes. Es hora de empezar a cuidar todas las relaciones que tenemos, que también nos dan amor!... Y empezar a querernos, que tampoco viene mal. ¿Que llevas meses deseando irte de Spa y no tienes pareja que te lo regale mañana? Pues regálatelo tú!! ¿Que llevas años esperando tener alguien a quien querer? Pues empieza por ti misma/o!

Quereros, quereros mucho, amig@s.
Aunque el otro o la otra no os quiera. 


viernes, 1 de febrero de 2013

Necesito poco y lo poco que necesito, lo necesito poco


Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada.Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada o todo.

Artículo de Ángeles Caso en la Vanguardia


© Fini Calviño